ARTXANDA, MUCHO MÁS QUE UN MIRADOR

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El Monte Artxanda y, sobre todo su mirador, es uno de los lugares más emblemáticos de Bilbao, de parada obligatoria para los visitantes de la ciudad.
Bilbao se encuentra en el descenso de altitud entre los Pirineos y la Cordillera Cantábrica. Artxanda junto con Pagasarri actúan de límites naturales de la ciudad. Esto hace que la cima de este monte se convierta en el lugar perfecto para observar la ciudad a vista de pájaro.
Desde el mirador de Artxanda se puede contemplar la ciudad y al fondo las montañas que la rodean y por cuyas laderas crece como si se desbordara. Entonces puede entenderse por qué los bilbaínos llaman a su ciudad “El botxo” (agujero), ya que parece que la ciudad está, literalmente, dentro del agujero que han formado en su descenso las montañas que la rodean.
La ría que divide Bilbao, vista desde el Mirador, es una serpiente azul que asoma en algunos tramos de la magnífica panorámica. A sus pies la ciudad con su Casco Viejo, sus parques, sus torres de cristal y sus elegantes calles. Ningún lugar como éste para descubrir las firmas de los grandes arquitectos que han trazado un nuevo perfil a la ciudad, para observar y contar sus puentes y sorprenderse con la visión del Museo Guggenheim enmarcado por el arco del Puente de la Salve, en un ángulo que solamente es posible contemplar desde Artxanda.
Si el día está despejado se puede ver el mar. Pero si, por el contrario, lo visitamos en un día nublado, no hay que entristecerse. Quizá hayan desaparecido las cimas de las montañas, pero la vista se vuelve, si acaso, más impresionante aún, ya que parece que un manto azulado abrace la ciudad, como si Bilbao estuviese suspendida entre las nubes. Eso sí, conviene abrigarse bien, ya que aunque no estamos a más de 300 metros de altura, la diferencia de temperatura con la propia ciudad suele ser notable.
En caso de visitarlo el 23 de junio, por San Juan, se pueden ver las hogueras, como bolas de fuego en la lejanía, aparte de poder disfrutar de la que se prende en el propio mirador. Y, en caso de visitarlo en invierno, es probable que lo puedas encontrar nevado.

Además de las maravillosas vistas que ofrece, en el Mirador de Artxanda también se encuentran dos esculturas: “El engranaje” y “La huella dactilar”. “El engranaje” data del año 1900 y es una pieza original del primer funicular que subía hasta el mirador. “La huella dactilar”, creada por Juan José Novella, es una original escultura en memoria de las víctimas de la Guerra Civil española, ya que el lugar fue bombardeado en 1936.
Para los más pequeños (y los no tan pequeños), hay también una pista de patinaje y zona de juegos, así como muchos lugares verdes y praderas en los que poder disfrutar de un buen picnic. También cuenta con mesas para merendar, bares y restaurantes, tanto cerca del mirador como un poco más alejados, donde se puede degustar comida típica vasca y un buen chuletón a la brasa, entre otras cosas.
Todo esto convierte al mirador de Artxanda en el lugar perfecto para desconectar y relajarse, pero, ¿cómo llegar?
Existen diversas formas de acceder al mirador: andando si estás en buena forma física, en autobús, en coche, y la principal, en Funicular, su transporte estrella.
El Funicular de Artxanda es un tren cremallera construido según el modelo de los trenes alpinos y lleva en funcionamiento desde 1915 (aunque durante la guerra civil, con los bombardeos, el servicio fue interrumpido y no se reanudó hasta 1938.). Se coge en la calle Castaños, tiene una frecuencia de 15 minutos, y el trayecto no dura más de 3 minutos. El billete ordinario cuesta 0.95€, y si el pago se efectúa con la tarjeta “Barik” (tarjeta para el transporte en Bilbao), el precio desciende hasta 0.58€. El funicular supone en sí mismo una experiencia interesante, divertida y novedosa que nos remonta a épocas pasadas aunque su tecnología ha avanzado al mismo ritmo que la ciudad.
En resumen, subir en el Funicular, observar Bilbao desde el mirador, pasear por Artxanda y degustar un pincho en uno de sus bares, dejará un imborrable recuerdo en su memoria y muchas ganas de repetirlo.

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